septiembre 07, 2015

    Beck
    Morning Phase


    Han pasado alrededor de siete años desde que 
    Beck se despojó de muchos artilugios para dar vida al retro “Modern Guilt” (DGC/XL, 2008) con el que logró muchos condecoraciones gracias a su extraña combinación electrónica con su sonido orquestal sesentero. Sin embargo, para esta nueva entrega, Beck quería hacer algo contrario de su predecesor, algo más sostenido en la levedad y en la lentitud. El resultado fue “Morning Phase” (Capitol, 2014), un disco con un corte más tranquilo y acústico, muy en la vena de “Mutations” (Geffen, 1998) pero sobre todo en “Sea Change” (Geffen, 2002) aunque con algunas diferencias muy notables, sobre todo en las matices de sus composiciones.


    Mientras todo lo que era melancolía en “Sea Change”, en “Morning Phase” irradia más calidez. El duodécimo cancionero de este güero vuelve a reflejar sus estados de ánimo pero ahora de una forma más amable y cortés. Entre los diez años de diferencia de 2002 a 2014, las cosas han cambiado en su vida personal y eso queda claro al escuchar estas trece canciones –doce si quitamos la obertura de ‘Cycle’ de menos sesenta segundos–. Se trata de un disco más optimista, que de cierta forma lo es, aunque no por ello se está frente a una obra llena de melodías cursis e insustanciales; al contrario, hay una contextura de profundidad, delicadeza, calma, y un buen gusto en arreglos que en conjunto reflejan las emociones y sosiego de su autor e intérprete.

    La premisa es buscar la redención a través de las dificultades, demostrar que siempre hay un nuevo comienzo, de un nuevo amanecer, ese que parecía no llegar pero que ahí está. Un buen ejemplo es la pieza abridora (‘Cycle’) que sobreexpone el clima soleado, y que se sostiene hasta la mitad del álbum, donde los demás temas (‘Morning’, ‘Heart Is a Drum’, ‘Say Good Bye’, ‘Blue Moon’, ‘Unforgiven’, ‘Wave’) se ajustan al temple reflexivo y emocional. También hay un breve segmento de dos canciones (‘Don’t let it go’ y ‘Blackbird Chain’) con un aire innegable al folk de Neil Young o Bob Dylan. Entonces llega la tercera y última parte del álbum (‘Phase’) que apunta una transformación, un cambio que determina las últimas sensaciones del disco sin que por ello se haya movido de su posición inicial (‘Turn Away, ‘Country Down’) y cierra con un epílogo agridulce (‘Waking Light’) que, básicamente nos dice que hay que seguir avanzando y que en todo día también hay una tarde, una noche y nos arroja de nuevo al ciclo.

    Beck recorre de principio a fin la historia de una mañana en la que se tomó el tiempo para descubrir sus rastros. Lo hace ante la innegable potestad del destino sin estructurarse en las tragedias o los giros dramáticos como bases; asimila sus pensamientos de manera pausada hasta que va poniendo las cosas en orden con serenidad y resignación para buscar el delicado equilibrio entre la tristeza y la belleza sin ser depresivo.

    Cierto que “Morning Phase” está lejos de ser el mejor trabajo de Beck, resulta ser muy ensimismado (sin la debida predisposición puede llegar a exasperar a quien no tenga paciencia para las canciones ralentizadas) y es fácil que pueda caer en la categoría del remake, no obstante, es un álbum que da cátedra de la clase y elegancia que se le puede otorgar a una canción con tan sólo utilizar los elementos básicos de la música, sin recurrir incluso a las herramientas electrónicas que en el pasado han servido para el nacimiento de las mejores joyas este prolífico músico. Más allá de sus pretensiones artísticas, el de California ha logrado un álbum que reta a la fácil composición, al verso pegajoso, a la farsa explícita de ciertos artistas y sus mayores clichés y lo hizo a través de composiciones hechas con paisajes apacibles a partir de escalas armónicas llenas de luz, que demuestran lo infravalorado que está el arte en estos tiempos donde la practicidad y la rapidez hacen de lado al detalle. ¿Ahora podemos dejar de lado si debía o no ganar algo tan banal como la baratija del Grammy?
    Jack White
    Lazzareto

    Si tuviéramos que elegir al hombre del año 2014 ese sería Jack White, quien a sus diecisiete años de carrera ininterrumpida, ha sido un personaje polifacético: productor, compositor, instrumentista, actor y hasta constructor de instrumentos. Habilidades que no hacen más que demostrar contundentemente los talentos de quien sabe moverse con inventiva en otras disciplinas que terminarían condesadas en su primer periplo solista después de una docena de discos con otras bandas (The White Stripes, The Racounters y The Dead Wheather). “Blunderbuss” (Third Man Records/XL Recordings /Columbia, 2012) sólo reconfirma la plasticidad, el rol y el carácter que se requiere al momento. Mas es "Lazzareto" (Third Man Records/XL Recordings/Columbia, 2012) la prueba de la constancia de un hombre que es adicto a las cuerdas de la guitarra y por supuesto, adicto a su trabajo.

    Alejado de la austeridad, la carrera solista de Jack White ahora se centra más en producciones más cuidadosas, un sonido menos graso y sí más pulcro. Con “Lazzareto” , segundo material discográfico, continua por el mismo sendero de "Blunderbuss"; una tendencia más acústica que eléctrica y con tintes ambiciosos que desembarcan en otros territorios sonoros con mejoras extremas de ensamble, el respaldo de un puñado de excelentes de músicos y una impecabilidad en arreglos dentro una producción de solo once cortes agridulces, llenos de tonalidades suaves y fuertes que muestran un nivel artístico más avanzado. Todo esto se ejemplifica desde las dos primeras pistas con las que abre el álbum: la irónica ‘Three Women’ (adaptación de ‘Three Woman Blues’ del blusista Blind William McTell en 1928) y la homónima ‘Lazzaretto’, deslizan estructura simples a las que le saca el mayor provecho en los departamentos de ejecución, ensambles y arreglos.


    Musicalmente, en lo que respecta al álbum, hay temas más tranquilos, naturalmente melódicos, como ‘Alone In My Home’ (con Ruby Amanfu como segunda voz), la apacible balada de ‘Entitlement’, la poética folkie ‘Tempory Ground’ (cantada nuevamente a lado de Amanfu) o la melancólica ‘Want and Able’ que cierra el disco. Luego están los contrastes del poder con la solemne, melodramática y un tanto belicosa de ‘Would You Fight For My Love’, el embriagante rock de ‘Just One Drink’ y el rebosante single (grabado y editado en un solo día) garage rock instrumental de ‘Hig Ball Stepper’ que se salta la emoción vocal por un pesado entusiasta y explosivo overdrive  y finalmente están los riffs reggae-blues en ‘That Black Bat Licore’, que pivotan alrededor de un trabajo más espeso, más oscuro y en una plenitud musical que hace que cobren vida narraciones centradas en el histrionismo y un sin fin de poemas inacabados sobre el romanticismo e idealismos juveniles que se reconecta con una versión actual, templada y madura de un White que se esconde dentro la recurrente fantasía del aislamiento – misma que se engloba desde el titulo disco–, la infidelidad (‘Three Woman Blues’), la bragadocia tipo rap (‘Lazzaretto’), el humor negro (‘Entitlement’) y un montón de caracteres libres de interpretación.

    Ciertamente “Lazzareto” es un álbum lleno de tradiciones, pero es tan tradicional que resulta no escaparse de estar construido por plantillas que White ha utilizado previamente en absolutamente todos los discos de los Stripes. Nada de lo que se escucha es realmente fresco ni novedoso. Fácilmente se pueden ubicar los rastros de todos sus discos anteriores, desde “De Stijl” (Simpathy For The Record Industry, 2000), “White Blood Cells” (Simpathy For The Record Industry, 2001), “Get Me Behind Satan” (V2 Records/XL Recordings, 2005) hasta, y sobre todo, del homónimo "The White Stripes" (Simpathy For The Record Industry, 1999). Todo ha estado allí desde el principio: un popurrí que ya había sido escrito desde hace una década atrás y que se mimetiza con actualizaciones vintage que igual pasan por el mismo filtro. No obstante, esto obedece a la misma coherencia tonal (aunque cada obra tiene su propio estilo, su propia dimensión, su propio montaje) que es imposible no aludir a su pasado. Claramente tiene sus especificaciones, sin embargo, está tan bien ejecutado que es imposible no apreciar las virtudes técnicas de sus composiciones minimalistas, o la búsqueda de nuevos giros, nuevas matices e incorporaciones de nuevos recursos para dar soporte al espectro sonoro.      

    Básicamente el segundo capítulo de Jack White se englobaría como un “gótico americano”, un omnisonido restaurado cuya contundencia no sólo se centra en creaciones e híbridos del blues, country, folk y rock, también hay una democracia espontánea entre la crudeza y, por supuesto, la austeridad punk, y a pesar de su poca novedad y poco riesgo, “Lazzareto” no deja de señalar a White como un preservador histórico que respeta otros rubros musicales bajo un curriculum amplio, más personal, poético y extrovertido del que emanan inquietudes que terminan por explotar en los amplificadores.
    Zaque
    Mujerez

    Solía decir Remy de Gourmont que la mayoría de los hombres que difaman a las mujeres en realidad están difamando a una sola.También dijo que uno se conoce a sí mismo a través de las mujeres con las que ha estado. Y con estas dos preposiciones se podría englobar fácilmente a un disco que desde el simple nombre revela todo el eje de su temática: las mujeres. Sin embargo, en “Mujerez” (Sonido Líquido Producciones, 2014), Zaque aborda sus viejas relaciones para definir a la mujer como un ser real, tangible y humano, no como una simple figura cuya única función es asociarse a lo idílico como un mero objeto de interés romántico o sexual. En este pequeño audiotestimonio se van desprendiendo otros subtítulos adyacentes que conforman un cuadro contemporáneo y complejo de hiperrealidad.

    “Mujerez”, transcurre a través de una mirada masculina y una musicalidad armónica cuya prolepsis se remonta once años atrás con 'Canción de amor' del insomne "1:55 A.M." (2004) y la derrotista 'No pienses en mi' de "El día y la noche en el infierno" (2006). Fuera de repetir los patrones ya probados sobre el desamor y el desapego, en esta entrega las memorias se sopesan contra el presente, no como una comparativa fatalista de lo que fue y lo que ya no es, sino como un escaneo y lore de auto conciencia a través de un circuito cerrado de diez pistas (cinco cortes instrumentales, cinco cortes vocales) con una duración en total de a penas de un tercio de hora.

    Lejos de ser un recurrente álbum sobre las tribulaciones amorosas sobre una sola persona, se trata de una obra episódica con cada mujer siendo un capítulo distinto que se adscribe a las experiencias de su intérprete. Es congruente, directa y breve con un plano letrístico apoyado en la introspección, la observación y en el erotismo sin que por ello apele al sentimentalismo inmediato, se mantiene en un tono bajo que deconstruye al anhelo del amor idealista y a la política social del amor monogámico ('Guillermina') hasta que gradualmente abre paso a los contextos de soledad en tiempos de megapolis, de vacío, auto engaño, malestar y lo que es dejarse en posesión de otros (‘Bartola’, ‘Trina’). Marca desencuentros, culpas, pérdidas y hartazgos ('Lluvia', 'Kimora'), pero también esboza una sonrisa al recordar viejas complicidades que han roto los limites (‘Marta’). Las historias son prácticas, mundanas, imposible no llegar en algún momento a la proyesis o emparentar alguna situación cercana.

    La música, en este caso, se inclina por la síntesis, el uso de filtros y capas en las cajas, recursos que son utilizados para recrear una ambientes grises o a media luz. Mantiene un estrecho vínculo con un soul setentero y un sensualismo que no deja de percibirse neblinoso y frío. El minimalismo juega un papel muy esencial, le da un toque propio de estética y le saca provecho a sus cuantos elementos necesarios para revestirlos con un sonido depurado, sofisticado y melódico. Incluso esta ideología del más es menos trasciende hasta sus dos únicas colaboraciones: Tino el Pingüino y el veterano del surco, Fancy Freak. Pero lo más distintivo es que entre todos estos aspectos es que no hay sobre saltos, al contrario, se mantiene lineal de principio a fin bajo la misma vibra mellow.

    A pesar de todas las virtudes, “Mujerez” no es un disco perfecto. Posee una buena exposición, desde luego, aunque también tiene problemas grandes de resolución que le restan. En general, sus conceptos llegan a ser un tanto ordinarios sin ningún giro nuevo y la música es tan aséptica que resulta laxa, uniforme, sin mencionar que el aporte de Tino es disonante. La manera en que se compensan un poco estos detalles es no haber sido privilegiados como cortes largos, redundantes e innecesarios, aun así carece de transmitir emotividad a pesar de ser una narrativa de autor.

    Un hombre se conoce a sí mismo tratando a las mujeres. Y entre más mujeres sean las que uno trata más mundo habrá. Así pues, cuando Gourmont dijo que él se conoce a través de las mujeres es porque no le ha quedado otro remedio. Ante la imposibilidad de saber quiénes son ellas lo único que le queda es conocerse a sí mismo. Zaque identifica eso, a sus propios modos, con una epístola cismática, pasiva y liviana sin caer en ningún momento en el dramatismo. El regreso de Zaque marca una etapa de división tanto personal como profesional. Un cambio de actitud con este pequeño opus sobre las mujeres como uno de los seres más enreversados y uno de los complementos más misteriosos porque simplemente no se prestan a la conclusión.

    septiembre 08, 2014

    Adán Cruz
    El Ruido, El Silencio y Yo

    Debatiéndose entre la agitación de las partículas, el amor, las propagandas políticas y el pasado, el rapero regiomontano Adán Cruz presentó su EP bajo el título "El ruido, el silencio y yo" (Gooti Records, 2014), un trabajo que hace un guión en tres actos: el ruido como acto de negación en las propiedades que la tradición nos dice que son inherentes a la música, el silencio como una signatura del pensamiento, acto y voluntad intermitente y el "yo" como un intermediario entre el escucha y el mensaje. El hecho de que Adán sea una persona "controversial" radica en lo contradictorio de su carrera y en cómo ha tratado de corregirla y eso es lo que su epé trata de demostrar durante ruidos y silencios. Grabado en el Ometsuco Sound Machine de La Condesa y distribuido por el sello Gooti Records (también de La Condesa), "El ruido, el silencio y yo" anuncia el carácter céntrico del disco que el propio título dice con la intención de dinamitar a los demonios internos, mismos que podemos encontrar en forma de mensajes en la primera pista y que estarán a veces ocultos, a veces al descubierto.

    Los nueve temas que conforman al epé transitan por un silencio mismo que se ve proyectado en un vacío que está fijo y que se encuentra interrumpido mediante ritmos pre-digitalizados y una atmósfera concordante (por lo menos con la imagen del tracklist no con la caratuala). Por su parte, el ruidismo está ahí para increpar, dejar interrogantes e incordiar que, a veces, resulta hasta retador el hecho de identificar sus puntos de interés y dejarnos impávidos ante algo que trata de sacudir desde la primera escucha. Este aspecto musical está cuidado para tratar de sostener un discurso megalomániaco que busca ser complejo y desnudo, allí es donde radica el emocional "yo" que entre la música no desea nada más que un confesionario, sobre todo en 'Ey Pa', 'Diábolos', 'El ruido, el silencio y yo', 'No vi wey' o 'True caos'. 

    Lamentablemente todo el concepto se ve entorpecido por la repetición monótona. Cierto, la música está bien producida y trabaja como le piden que trabaje e incluso es agradable el esporádico guiño al G-Funk. La idea del silencio junto con el ambiente de la nocturnidad acuerdan en su plano, en su propia secuencia. Sin embargo, al final no terminan por ofrecer algo nuevo y el sonido experimental se queda en falacia. Toda la música contenida aquí es bastante digerible y en ningún momento se arriesga a algo. El nivel lirical es muy bajo, la codificación de mensajes es tan inmediata que subestima al escucha, y muy pronto se encuentra sin nada que ofrecer con evidente desgaste de ideas, eso sin mencionar es el enorme copy/paste de flows. Los rapeos (que más que rapeos son cantos) se montan igual y bajo la misma formula del doble tempo entre la sincopa al que se suma un repentino acento agringado que resta la seriedad que intenta tener. La similitud con "Felizmente Triste" no sólo comparte dirección, que es hacer música para contarle al público tus vivencias, sino la poca retención para hacer un trabajo entretenido, no obstante repetir el mismo procedimiento de tu trabajo anterior sin haber aprendido tan siquiera a cantar (lo cual es raro si es el mismo Adán que asegura que sus bases están en el rock clásico) deja al descubierto el error más grande: no poder sustentar ni la trama ni la idea detrás, mucho menos hacerla interesante.

    Previamente ya han existido obras que más que álbumes parecen monólogos o soliloquios, básicamente tampoco es la primera vez que los músicos usen a sus escuchas como terapeutas, mas la personalidad de cada uno está en sublimar los conflictos existenciales y sexuales. "El ruido, el silencio y yo" quiere invertir el mutismo y los "escándalos" en una pequeña entrega que desea cortar de tajo con las contradicciones pero, aunque bien intencionado, no logra hacerlo ni con el peso de la promoción de Cabezas Underground, Noisey, Panamerikano o Raulito GRL (si es que tiene algún renombre). Tampoco queda claro si se trata de un disco del r&b más artificioso, un disco de rap o ninguno de los dos. Tiene momentos agridulces y solo eso, queda claro el punto de lo estático del silencio contra el ruido y de allí el proceder para la creación en la nemotecnia en el origen espiritual de la inspiración pero sólo se queda en el titular, ya que la musicalidad toma por mucho la ventaja opacando así el alma ubicua de Adán, problema que se ve hasta caricaturizado en la portada. En pocas palabras la redención es lo que se promete pero no es lo que se ofrece.

    agosto 15, 2014

    Schoolboy Q
    Oxymoron

    Tomó dos años de espera para que Schoolboy Q lanzará su tercer álbum y su debut en una disquera grande, “Oxymoron” (Top Dawg Entretainment/Interscope, 2014). Durante el 2012 y 2013, existió un discurso publicitario sobre el New King Of The West Coast que en repetidas ocasiones no se desaprovechó pues como eso, un medio publicitario. No hay duda de que ello en realidad sembró mucha expectativa a su alrededor. Sobre todo por los sencillos que dejan en claro que barra tras barra, Q está tras ese título de la forma agresiva que suele tener gangsta rap. No obstante, si hay algo que se debe anticipar desde una vez, este no es ni pretende ser un álbum de Kendrick Lammar y eso queda claro durante los 70 minutos que transcurren de este disco. “Hola, que se joda el rap, mi papi es un gangsta”. Bajo esta declaración de principios en boca de Joy, la hija de Schoolboy Q, aquella niña a la que el rapero confesó no sentir pena llorar cuando la abraza, empieza uno de los trabajos más esperados del año en cuanto a materia del rap. Este trabajo de secuenciación a nivel conceptual constituye uno de los aciertos más notables del álbum. “Oxymoron” es otra historia de Los Angeles vista desde una panorámica meridional y meramente interior que a diferencia de “Habits & Contradictions” (Top Dawg Entretainment, 2012), este se vuelve un axioma menos pasivo y cada vez mejor contado. Es por ello que el álbum circula y se divide de dos maneras distintas pero a fin para narrar este gangsta tale. Tomemos como ejemplo la larga pieza central que hace la división al mismo título. En el lado A se encuentra ejerciendo una inflexión en su vida personal, al narrar aquel momento en que asume su adicción (‘Prescription’), mientras que, el lado B, en consecuencia, explica ese día que abandonó su “oficio” como dealer (‘Oxymoron’). El resto de los temas optan por curvas más cerradas como la reflexión y el remordimiento que a lo largo del álbum se encuentran una y otra vez en forma de enfrentamientos preparados. Así, en sucesión desde la oda callejera inicial de ‘Gangsta’, los repping de ‘Los Awsome’, ‘The Purge’, los bacanales de ‘Collard Greens’, ‘What They Want’, el recuerdo de la vida delictiva de Hoover Street, vender drogas, sin olvidar el obligatorio tema dedicatorio a Joy, hasta esa vida que se inclina por dejar de lado las drogas y las pandillas (‘Break The Bank’) y la celebración a través de la reedificación (‘Man of The Year’), demuestran a Schoolboy Q en el estado más puro que busca unir el eslabón de una cadena que trata de traducir la música en la vida de cualquier barrio pobre de California. Por otra parte, que también es importante para el sustento del álbum mismo, se centra en la mayor parte de su musicalidad. Resulta obvio el esfuerzo por mantener una estética clásica del gangsta rap en cuanto al contenido como a su resonancia. Eso le da un punto a su favor y quizá sea uno de los aspectos que mejor acompañan a Q, aunque no logra despojarse de las tentativas del trap como se aprecia en ‘Collard Greens’ y ‘What They Want’, que son los elementos más contrastantes de todo el álbum. El triunfo de este plato es la manera en que está empeñado en contar su historia a su manera, en su forma narrativa de lo que significa estar maldito desde el nacimiento. Un triunfo que también no hizo lo que se esperaba que hiciera y meter en lista a personas como Mac Miller, Ab-Soul, Isaiah Rashad y A$ap Rocky como el mayor atractivo en vez de lo que plantea el álbum. Un triunfo porque no trata de sermonear a su público para que cambie, sino reflejar la vida de cualquier gangster, pero más en concreto, su vida. Pero lamentablemente los puntos más dolorosos para “Oxymoron” se encuentran, precisamente, en esa recurrencia forzosa por atiborrarse de colaboraciones. Aunque la idea busca ser interesante al tener otras perspectivas como la de Raekwon como un mafioso neoyorquino, la vieja escuela de gangster como Kurupt o 2Chainz como el croosover entre las nuevas generaciones gangsteriles, pareciera que el mismo Q no es capaz de dirigir por completo su propio trabajo. No obstante, lo reiterativo de la temática acortan imaginación. Se agradece que no se tire a los cantos por las mujerzuelas y la riqueza por las mujeres y que eso sea encajado entre líneas mientras se enfoca en el estilo de vida de la militancia ilegal, aunque finalmente algunos temas simplemente no pueden evitarse sentir monótonos por su sobreexplotación y una musicalidad fría. Cuando en 2012, Schoolboy Q dijo que haría un clásico como respuesta al impacto de Kendrick Lammar era de esperarse que, cuando su disco saliera, inmediatamente fuese comparado. “Oxymoron” no está a la altura de “good Kid, M.A.A.D. city” (Top Dawg Entretainment/Interscope, 2012), mas eso no demerita el trabajo de Q, pues él mismo afirmo el problema que enfrentó a la hora de crear un álbum que compitiera directamente con “good Kid, M.A.A.D. city”, eso algo que se debe reconocer guste o no. También están en claro las visiones de cada uno de sus autores, por una parte tenemos a un buen chico que le rapea a su madre porque no le caen bien sus amigos y por el otro está un ex adicto sujeto con una vida desastrosa pero entretenida. Se dice que con que el último gran rapero gangsta fue Tupac Shakur, después de él hubo un vacío que pudiese ser llenado por alguien más. Tupac era, de alguna forma, lo que Kurt Cobain fue para una generación, y desde su fallecimiento las cosas en la costa oeste han cambiado. Sobre todo por los mentados lapsos generacionales que están todavía más ocupados en cosas más banales y materialistas que publicar algo con más contenido, por lo que el legado del gangsta rap que se había mantenido en Los Angeles, desde N.W.A. hasta Tupac, estaba en picada y cuando todo parecía que nada iba a cambiar, Kendrick Lammar y Schoolboy Q trajeron de vuelta el gangsta rap al mainstream. En hora buena.
    Meg Myers
    Daughter In The Choir EP

    Durante años la industria musical -aún con las transformaciones que ha pasado- ha buscado con ahínco la formula perfecta para concebir al artista, músico o cantautor que le reditué más ganancias. Belleza, talento y simpatía es la receta recurrente. En ocasiones, esta características se presentan de manera natural en un músico (tradicionalmente, después de muchas peripecias es firmado por un sello discográfico para distribuir su trabajo de forma masiva). Pero, ¿cómo y por qué distinguir entre un artista fidedigno y un producto prefabricado que nadie recordará en un lustro? La problemática no radica en la operación de la industria del disco o en la intención por emplear todos los medios posibles para difundir la música hasta el lugar más recóndito de la tierra, porque de alguna manera internet ha suplido esta función. Así que decir que un artista es un "vendido" es tan absurdo como cerrar las fronteras de un país para que su economía se mantenga "sólida". La cuestión reside en el espectador, quien merece disfrutar de cualquier trabajo musical que provenga de la de sensibilidad del artista o de su manera de percibir y aprender del mundo y no de productos desechables que han creado por medios de formulas consabidas y se ofrecen como la gran panacea, cuando en realidad buscan engordar las cuentas bancarias de unos cuantos productores ambiciosos. Meg Myers es una joven de 20 años que posee una belleza apabullante y talento sorprendente para componer temas irascibles, dramáticos y melancólicos con una poesía tan precisa como corte de bisturí sobre un corazón palpitante. Con su EP debut "Daughter in the Choir" ([GOOD]CROOK/Atlantic Records, 2013) y con temas como 'Afert You' y 'Poison' ha demostrado que la melodía puede seducir al amor, en un mundo donde prevalece el acto violento como una muestra de "cariño". Cabalmente, el tema 'Adelaide' denuncia la violencia dómestica contra la mujer, y bien podría remitirnos a la indignación del linaje de mujeres como Fiona Appel, PJ Harvey, Patti Smith, Sinead O'Connor e incluso Alanis Morrissett (en su momento más contestatario, claro está). Sin embargo sería un error considerar la música de Myeres como la reversión de estas apasionadas mujeres, ya que sus composiciones revelan una sensibilidad poética de sinceridad espontánea. Tampoco se podría limitar su obra a la creación de estribillos cursis de una joven enamorada. Frente a las temáticas de chicas adolescentes que cantan temas simplones como los que estable Disney Channel y Nickelodeon. Meg Myers construye una propuesta realmente irreverente, pues 'Curbstomp' representa una alternativa ante los estándares gastados que establecen las radiodifusoras. Quizás lo que podría indignar a las adolescentes rebeldes y escandalosas que logran identificarse con Myers, es que ella disfruta de visitar el 'Jeohová's Witness', un centro cristiano dirigido por testigos de Jeohvá. Pero hasta el momento ninguna de sus canciones contienen o promueven la redención de todos los pecados del mundo a través del canto. A decir verdad, sorprende la franqueza de sus letras al tratar de las pasiones humanas. No está demás de mencionar que su productor, Rosen Rosen, ha trabajado con Lily Allen, Lady Gaga, Britney Spears, MIA, Katy Perry y agrupaciones como Phoenix y Weezer. Pero eso no demerita el trabajo de la joven ya que cada una de sus canciones se encuentra perfectamente producida y minuciosamente secuenciada. No se trata del llanto de una mujer herida, sino del canto imperante de una mujer que sublima su dolor por medio del arte. Se trata del ardiente deseo por sentir a su amante hasta los huesos, lo cual le produce un inmenso sufrimiento porque en su afán se va transformando en el monstruo que más le atemoriza ser. Son cantos angelicales emitidos desde la oscuridad, pues es allí donde se conducen las obsesiones y los deseos exacerbados. Y sí, Myers tiene talento y la belleza de un ángel, pero de uno infernal.
    Damon Albarn
    Everyday Robots

    Damon Albarn está sólo. Por primera vez una personalidad del rock contemporáneo como Albarn se exhibe cabizbajo, triste, melancólico y ciertamente deprimido. El frontman de Blur hasta ahora (y de manera extraña) lanza su disco en solitario en donde se despoja de todo nimbo romántico, alegre, aunque eso sí, sin desatender el sentido teatral británico que bien caracteriza a la música del Reino Unido, porque no se trata de algo similar a Gorillaz, The Good, the Bad & the Queen, Rocket Juice and the Moon ni a todos múltiples proyectos que van desde la world music, la ópera, el hip hop hasta composiciones de bandas sonoras para cine y teatro. La caratula asoma el poco entusiasmo y la grisácea tonalidad que contiene la música: una docena de temas lánguidos, sobrios, cuasi monocordes y minimalistas conducidos por el hilo de la melancolía. Es "Everyday Robots" (Parlophone/XL 2014) el primer álbum solista de Albarn que hasta hoy, tras dos décadas de su ingreso al mundo discográfico, hace el manifiesto de su situación actual y de una visión pesimista del mundo, muy contrario a 1991 cuando con Blur empezaba a dar forma a un movimiento que se conocería como brit-pop. Al lado del guitarrista Graham Coxon, el bajista Alex James y el baterista Dave Rowntree, Damon se mostraba como un entusiasta cantante, guitarrista y tecladista de veintidós años que escribía sátiras alegres e irónicas junto con una dosis de crítica social en forma de canciones. Pero a sus 46 años de edad, el productor de "The Bravest Man in The Universe" (XL Records, 2012) del legendario Bobby Womack, se encuentra introspectivo, oscuro, distante, calmo pero lleno de una templada pesadumbre y una profunda apreciación existencial instalada en la monotonía. Los cantos de "Everyday Robots" dejan ver nuevamente al verdadero Albarn al que ya no se le veía desde el "13" (Food Recods/EMI) de Blur, su voz semi-áspera se apropia del cerco de sonidos y armonías acompañadas de una instrumentación variada mas siempre guiada por el piano. A través de composiciones sobre la rutina diaria ('Everyday Robots'), el apoderamiento de la tecnología sobre el ser humano ('Lonley Press Play'), la insensibilidad virtual ('Hostiles) o simplezas como la celebración por el nacimiento de una cría de elefante ('Mr. Tembo), se abre camino hasta llegar a la esencia biográfica: recuerdos de la infancia ('Hollow Ponds'), los momentos lóbregos en charlas con viejos fantasmas ('The Selfish Giant' y 'You and Me') y la dualidad del amor como un distractor y omnipresente ('Heavy Seas of Love') que van en secuencia conforme el álbum avance y que son presentadas por puentes mini introductorios. El talante depresivo detona su espesa naturaleza en la que su insondable esencia termina por proyectar la soledad por medio de la austeridad que es percibida de principio a fin. Acercarse a este álbum, por otro lado, no es nada fácil y apelar por una intensidad rítmica es inútil, sobre todo porque "Everyday Robots" está pensado la instalación monocromática, lo cual lo hace plúmbeo en procesarlo. Tampoco significa abstenerse a la calidez, las atmósferas grises y las instrumentaciones electrónicas son rotas con la optimista 'Mr. Tembo' y 'Heavy Seas of Love'. Coproducido por Richard Russell (también co-productor de Womack) y con participaciones de Brian Eno y Natasha Khan (de Bat for Lashes), se apilan todas las tendencias orgánicas sin el abandono de los adelantos tecnológicos para ser usados de una manera simple, directa y sofisticada en un disco que evoluciona cada vez que se le escucha. Parecería raro que una persona tan activa como Damon Albarn que cuando no tiene una agenda llena con otros músicos y giras, está ocupado creando música, tuviese el tiempo para la depresión. Aunque si nos fijamos más allá, del otro lado del reflejo, lo que quizás nos esté tratando de decir es que, nosotros como robots cotidianos, estamos enajenados con la soledad que nos remolca a la depresión de una u otra manera y que nos hemos programado en lo más profundo de nuestro ser para no verla día a día frente al espejo. Un álbum inscrito en la catarsis, estupendo y trascendente que requiere de mucha atención.